EL VIEJO GRANJERO (cuento chino)

Un día, el hijo de un viejo granjero dejó, por descuido, la verja del establo abierta. El único caballo que tenían, escapó. Todos los vecinos vinieron a solidarizarse: “¡Qué mala suerte!

Sin embargo, el anciano no se inmutó, solo dijo: “Puede ser, puede ser”.

Al día siguiente, el caballo volvió al establo y trajo consigo otros diez caballos salvajes que le siguieron desde las montañas. Ahora el granjero tenía once caballos y se había convertido en el hombre más rico del pueblo. Todos los vecinos fueron a visitarlo y le dijeron: “Parece que al final fue un golpe de suerte que el caballo se haya escapado”.

El anciano solo les respondió: “Puede ser, puede ser”.

Al día siguiente, mientras su hijo estaba intentando domar a uno de los caballos, cayó y se rompió una pierna. Al acercarse el invierno, sin la ayuda del hijo en la granja, el anciano tendría que afrontar grandes problemas. Los vecinos le dijeron: “En el fondo, fue un error. Ahora tienes los caballos pero no tienes a tu hijo para que te ayude. Es algo terrible”.

El padre, en vez de lamentarse, respondió: “Puede ser, puede ser”.

Al día siguiente, el ejército llegó al pueblo y reclutó a todos los jóvenes para luchar en una guerra suicida. Era posible que ninguno de ellos regresara a casa. Sin embargo, como el hijo del granjero tenía una pierna rota, no lo reclutaron y se quedó a salvo en el hogar.

Una vez más, los vecinos le comentaron la buena suerte que había tenido. Nuevamente el granjero contestó: “Puede ser, puede ser”.



El equilibrio entre los opuestos

Este relato presenta el juego de dos circunstancias aparentemente contradictorias -la “mala suerte” y la “buena suerte”- que se repiten sin cesar. Ante ellas se encuentra el protagonista principal, un anciano granjero. Por haber vivido ya muchos años (por eso la denominación de “anciano” -alguien que está desde mucho “antes”) ha visto (ha sido “testigo” de) muy variadas circunstancias que le han acontecido. Podría decirse que toda su experiencia le ha conducido al punto de poder dejar de considerar a los hechos como “afortunados” o “desafortunados”, pues ya sabe que estas calificaciones son aparentes, son juicios que produce la mente pero no representan la verdadera realidad de cada circunstancia (y la consecuencia derivada de cada una de ellas le confirma su acertada visión). Los hechos son solamente hechos, de los cuales es testigo y debe ver cómo se las arregla para atravesarlos; por eso su respuesta ante la apreciación de los vecinos, sólo espuede ser, puede ser…” -aunque interiormente sabe que cada una de esas circunstancias no son ni lo uno ni lo otro- (siguiendo la estructura del cuento, para poder juzgar algo como afortunado o desafortunado, ese algo debiera ser algo último, sin ninguna circunstancia posterior, para así poder considerarlo finalmente como “favorable” o “desfavorable, lo cual es imposible porque mientras vivimos, la cadena de circunstancias que nos toca vivir no tiene fin). En este relato, la actitud del granjero es de “mesura” (el medio, el equilibrio entre dos extremos) sin dar muestras ni de exagerado optimismo ni de irremediable pesimismo ante cada circunstancia, y simplemente permaneciendo como testigo del devenir.

En relación con los vecinos (aquél que está próximo a nosotros -de ahí también la palabra “prójimo”-), ya no se habla de una sola persona (como en el caso del granjero), sino todas las que conforman esa totalidad que transmite su apreciación colectiva frente a cada situación. Si bien la actitud de acercamiento y “solidaridad” puede ser bienvenida, su visión de los hechos culmina con la expresión de los juicios que abren según el caso (“mala suerte” o “buena suerte”), al considerar cada momento como algo cerrado en si mismo, como algo aislado; por ello, su apresurada “reacción” frente a cada suceso adolece de la imposibilidad de verlos como parte de una incesante continuidad. De este modo, al “separar artificialmente” cada hecho de la continuidad de la que forma parte, pueden calificarlo, abrir un “juicio” sobre el mismo, y obrar en consecuencia; sin embargo, la validez de cualquier comportamiento derivado de ello estará viciada de nulidad desde el comienzo, porque nos hemos dejado arrastrar por aquella “separación artificial” que ha producido nuestra mente, en lugar de “ser testigos” de lo que realmente acontece ante nosotros (es decir, “de lo presente”).

Los vecinos simbolizan el comportamiento habitual que se produce mientras estamos imposibilitados de ver los sucesos de nuestra vida bajo una perspectiva comprehensiva. Obramos con buena intención, pero basados en una apreciación equivocada de la realidad, arrastrados por nuestras emociones o juicios prematuros.

El granjero simboliza a quien se encuentra dentro del Dharma (en armonía con el orden universal) por haberse dado cuenta que todo cambia entre “polaridades” que no son contrarias entre sí (como pareciera a primera vista) sino complementarias, en un ritmo infinito de sucesión; su serenidad deviene de esa comprensión. Cada circunstancia requiere la prudencia necesaria para detenernos frente a ella con el fin de evaluarla y ver el modo de responder, en lugar de elaborar un apresurado juicio que nos lleve a actuar de una manera esencialmente equivocada. 

Por eso, desde las nobles enseñanzas de Oriente se insiste permanentemente en evitar la elaboración de “juicios” frente a las cosas con el propósito de poder observar su realidad con una visión más comprehensiva (abarcadora), sobre la cual poder basar nuestro modo de responder. Asimismo, cobrando consciencia de esta necesidad, también cobraremos consciencia de nosotros mismos como una realidad que por un lado se encuentra inmersa en la ley del permanente devenir de los opuestos complementarios, pero que a su vez puede mantenerse como testigo consciente de ese devenir (plasmado en el modo equilibrado de responder del granjero).

No obstante, y para afinar aún más esta enseñanza, podríamos agregar que en realidad resulta casi imposible no alegrarse ante una circunstancia vista como afortunada o evitar contrariarnos por algo que se opone a nuestras expectativas; estas son reacciones espontáneas imposibles de eludir y en ese sentido pueden ser consideradas como "normales". Asimismo, también puede resultar impracticable tratar de mantenernos permanentemente ecuánimes (imparciales) frente a las circunstancias cambiantes.

En todo caso, lo que esta enseñanza procura en realidad es hacernos ver la transitoriedad e impermanencia de cada situación, para no quedar "cristalizados" en ellas y -ante esa posibilidad- volver al equilibrio de la "visión mesurada", para evitar así ser arrastrados por una apreciación equivocada de los distintos momentos que nos toca vivir. Será ésta entonces una manifestación más adecuada de "ecuanimidad".

Ahora que ya conocemos esta condición para la visión clara de las cosas, no hace falta envejecer al punto del granjero para colocarnos dentro del orden del universo. La simple práctica de esta verdad en nuestra vida, eleva nuestro plano de Sabiduría y contribuye a colocarnos en el camino del Dharma, posibilitando de este modo sentirnos mejor con nosotros mismos. Así es.

La figura con la cual ilustramos este artículo, simboliza justamente la armonía incesante del cambio y el equilibrio entre sus contiguas manifestaciones.